Polito Díaz había escrito su primera obra –como le gustaba llamarla- a los trece años, era apenas una carilla de cuaderno en la que había plasmado la remota idea de conquistar a Lucero. Su compañera de clases y la dueña de sus sueños, en aquel entonces. Realizó una prolija labor. Con gran destreza y empeño, o talvez con la pasta propia de un escritor innato, había desarrollado una historia coherente, ordenada y sencilla donde podía cumplir aquella meta onírica. Nunca tuvo el valor de confesarle sus sentimientos, su torpeza para expresarse era proporcional con su talento para escribir. El miedo, originado por su tartamudez constante, erigió un muro entre ellos que nunca pudo ser superado. Algunos años después cuando hacía poemas de amor por encargo, ya no tartamudeaba con frecuencia, pero de vez en cuando alguna palabra se fundía en su boca. El que nunca le confesara su amor a aquella niña de las trenzas largas, no significó un fracaso propiamente dicho para Polito, pero sí fue una molestia, como una piedrecilla en el zapato, que lo acompañó por algún tiempo.
Antonio Polo Díaz, tenía unos ojos grandes y negros que parecían desorbitarse casa vez que se emocionaba, el rostro triangular y delicado -genética de los Díaz-, la boca pequeña, cuya apariencia más común era una cruda raya, la nariz ligeramente corva y el cabello negro e hirsuto. Lo de Polito no era más que el diminutivo de su primer apellido y resumía con exactitud matemática aquella apariencia enjuta y enfermiza que lo acompañó toda su vida.
Aquella historia de amor, plasmada en una hoja amarillenta con unas rayas azulinas que lo atravesaban de canto a canto y cuya particularidad era una estrella de seis puntas, estampada en bajo relieve en el extremo inferior derecho, significó para Polito el hallazgo de una forma de ser feliz y cumplir sus sueños. Descubrió que por medio de un conjunto de palabras escritas en forma ordenada podía expresarse de una manera muy diferente, no existían los enrevesamientos propios de su fonética, ni las frases incompletas que a menudo escapaban de su boca.
Con la escritura pudo demostrarse que podía comunicar y expresar lo que pensaba y sentía claramente, y que si al hablar las palabras se deshacían en su boca, éstas revivían con una cuota más de vida al escribir.
El corto relato que hizo, estuvo acompañado por una docena de poemas, escritas en unas hojas cuyos fondos habían sido matizados de un verde claro, el color preferido de Lucero, y que aparecieron en su bolso escolar, entre sus cuadernos, cada viernes durante doce semanas.
El primer poema estaba formado por el siguiente verso:
“Hoy vi tu cabello recogido en una cola,
tus ojos de paloma y tu sonrisa de delfín;
te imaginé vestida con una blanca estola,
persiguiendo a una mariposa entre las rosas del jardín,
luego cansada, sobre las piedras, reposar sola
y en tus mejillas encendidas, la evidencia del trajín”
Eran seis líneas que desprendían armonía y que repitió hasta el cansancio innumerables tardes recostado en el castaño del colegio. Años después cuando se jactaba de hacer poemas de más de tres hojas, aún recordaba, con nostalgia, aquel primer poema y una ráfaga de electricidad atravesaba su cuerpo desde los pies hasta la cabeza, y encendía su rostro, volviéndolo colorado, como una antorcha.
Para Polito, el no admitir a todos en el colegio y en especial a Lucero, ser el autor de aquellas líneas de amor, traducidas en pequeños versos que formaron aquel don que tanto tiempo reprimió y que gracias a ello pudo ser liberado, no lo hicieron infeliz, ni mucho menos generó en su interior resentimiento alguno, por el contrario -como alguna vez me lo diría, con su irremediable agitación al hablar- fue la grieta por donde pudo escapar esa esencia que poseen los elegidos y por la que tienen que trabajar mucho los que no lo son.
Polito Díaz, descubrió que era un creador y que podía edificar su propio universo, creando un mundo aparte y encaminándolo de una manera autónoma y antojadiza. Antonio desde aquel entonces se volcó en forma total a la escritura y se volvió un consumado lector de cuando escrito cayese en sus manos. Desmenuzaba aquellas historias en su totalidad e iba mucho más allá del final con su imaginación.
A pesar de ser compañero mío desde la primaria; siempre fuimos distantes, hasta el último año de secundaria, donde a raíz de una escaramuza que protagonizó con un compañero de clases, el cual se había burlado en forma desproporcional de su arte y donde yo había actuado como su defensor, es que nuestra amistad se afianzó. La mutua empatía que nos mostramos y que fue descubierta de una manera súbita y repentina, nos hizo imprescindibles el uno al otro. Yo también leía y escribía algunos versos, pero no tan rigurosamente como él. Nuestros gustos literarios nos hicieron frecuentarnos a diario durante todo ese año y enfrascarnos en conversaciones que no tenían término y en las cuales, por lo general, yo permanecía en silencio mientras escuchaba a Polito. Hablaba sobre los grandes clásicos y contemporáneos citando versos, con autores y fechas, a mí me parecía inconcebible que en su pequeña cabeza pudiera almacenar tanta información.
Aún recuerdo el coposo castaño del colegio con su tallo lleno de estigmas; marcas que habían sido hechas por un sinfín de muchachos: corazones en cuyo interior se habían labrado los nombres, en mayúsculas, de enamorados, frases incompletas hechos con pinchos agudos y alguna que otra obscenidad. Fue en ese lugar, a las espaldas de los pabellones, muy cerca al huerto escolar donde me confesó ser el autor de los poemas mandados a Lucero años atrás y que causaron un revuelo en aquel entonces, en la que medio salón participó. A pesar de ser esperado cada viernes y de la vigilancia que se hacía sobre el bolso de Lucero con una cantidad de ojos, incluidos los míos, que llegaban a un orden exponencial, nunca dimos con el autor, pero si para sorpresa y espasmo nuestro con los versos. Pregunté muy suelto de huesos cómo había podido colocar los poemas en el bolso sin ser descubierto, si éste era custodiado por muchas personas, él respondió: “Las palabras, para quienes escribimos, llegan a convertirse en nuestras mejores amigas y cuando esto sucede pueden hacer lo que querramos y cumplir, incluso, nuestros deseos”. Ello retumbó en mi cabeza y sólo pude entenderlo algún tiempo después, cuando escribía con la misma intensidad y entrega con que polito lo hacía.
El año llegaba a su fin y con ello nuestra etapa escolar, ya se evidenciaban las primeras nubes sombrías, en lo alto de ese cielo claro que tanto tiempo nos mimó y a las que polito bautizó con un singular nombre: “Las artistas fugaces del cielo”, por las breves y curiosas imágenes que formaban al moverse llevados por el viento, y, esas lluvias serranas que son una preocupación para los agricultores, cuando son vehementes. Nuestra separación era irremediable, yo tenía que dejar la ciudad para seguir con mis estudios, mientras que Polito había elegido la pedagogía, dictada en el instituto del pueblo, ésta fue en realidad una pantalla, por un lado era un escudo contra las críticas familiares y por otro le brindaban el tiempo suficiente para dedicarse a ese arte que cultivó a escondidas y que tenía como aliadas a las palabras y a la imaginación.
Nuestro alejamiento físico, fue disminuido por el adelanto informático. El internet nos permitió comunicarnos casi a diario. Por medio del messenger me resumía las novelas que había leído, los libros y autores a los que estudiaba y sobre todo me aconsejaba no claudicar ni desmayar en el propósito de ser escritor. Mi buzón de entradas, era bombardeado por sus cuentos y muchos versos de sus, ahora, extensos poemas. Su mejoría en las letras era palpable, sus versos no sólo eran rima, sino que tenían ese grado de significancia, que no era producto de la casualidad, y que sólo se alcanza con trabajo y esfuerzo continuo.
No había recibido noticias de Polito hacía algunos meses, así que aprovechando mis primeras vacaciones regresé a la ciudad de losas cuarteadas que tanto tiempo me cobijó para visitar a mis padres y ver a mi gran amigo. Llegue un sábado en la mañana, y ese mismo día en la tarde, a las tres para ser exacto me presenté en la casa de Polito. Al golpear el vetusto portón de eucalipto, que aún conservaba las argollas de hierro negro sujetas en cada hoja, abrió su mamá; sus ojos rojos e hinchados y su cara desencajada hicieron que un vacío atravesara mi cuerpo, moviéndose en toda dirección y lo cual hubiese hecho que explote, sino escapaba por mi boca cuando pregunte por Antonio. La señora me condujo hasta su sala y me hizo sentar en esos muebles color amarrillo oscuro que conocía hasta el cansancio, aún se podía ver en ellos el agujero que hicimos con Polito, cuando aprendíamos a fumar, el silencio que se apoderó del momento sólo pudo ser roto por su llanto agudo y silbal, la señora se deshizo frente a mí en desolación, me contó todo lo callado por mi amigo ese año, como su enfermedad incurable, sus tratamientos infructíferos, sus múltiples viajes en busca de un milagro; una ves que hubo terminado me levanté y comencé a caminar por aquella casa que en otro tiempo había sido como la mía, mi brújula sólo tenía una dirección: la habitación de mi entrañable amigo. Sobre el lecho descansaba el pequeño escritor, tenía el rostro pálido, como del pino recién pelado, el cuerpo más pequeño y delgado que el que recordaba, sólo pude reconocerlo por su irremediable agitación al hablar y sus labios que siempre fueron una raya. Después de un breve silencio me acerqué, inclinándome hasta la altura de su cama, él abrió los miembros y nos fundimos en un fuerte abrazo, un líquido, desconocido para mí, en forma de hilo salió de mis ojos, rodeó mis pómulos, descendió por mis mejillas y humedeció su polo crema. Aquella tarde conversamos mucho de literatura, de cuentos, de autores; jamás de su enfermedad.
La enfermedad que padeció polito fue un raro mal, o como me lo resumió algún tiempo después su abuela: tenía mal la sangre. Fue tratado por los mejores especialistas de la ciudad donde yo vivía, la que visitó varias veces y de las que nunca me dijo algo, como si quisiera que el único amigo que lo conocía en toda la extensión de la palabra, lo recordara por su gran talento y no por su enfermedad, el diagnóstico siempre fue desalentador. Los padres de Polito recorrieron muchos médicos, agotándolos a todos, buscaron la medicina alternativa, incluso la mística, pero nada dió resultados.
Polito murió una mañana de Febrero, en la que cayó sobre nuestro pequeño pueblo una intensa lluvia de golondrinas azules, que se hacían infinito cuando besaban el suelo. Sobre el concreto, aún fresco, de su lápida y bajo su nombre (con la ayuda de una delgada rama) pude escribir, al finalizar el ritual fúnebre y cuando todos se habían ido, una frase corta pero que significa una justicia para su vida; en mayúsculas y encerrada entre comillas: “ AQUÍ DESCANZA EL ESCRITOR”