ONASIS

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jueves, 13 de enero de 2011

EL ESCRITOR

Polito Díaz había escrito su primera obra –como le gustaba llamarla- a los trece años, era apenas una carilla de cuaderno en la que había plasmado la remota idea de conquistar a Lucero. Su compañera de clases y la dueña de sus sueños, en aquel entonces. Realizó una prolija labor. Con gran destreza y empeño, o talvez con la pasta propia de un escritor innato, había desarrollado una historia coherente, ordenada y sencilla donde podía cumplir aquella meta onírica. Nunca tuvo el valor de confesarle sus sentimientos, su torpeza para expresarse era proporcional con su talento para escribir. El miedo, originado por su tartamudez constante, erigió un muro entre ellos que nunca pudo ser superado. Algunos años después cuando hacía poemas de amor por encargo, ya no tartamudeaba con frecuencia, pero de vez en cuando alguna palabra se fundía en su boca. El que nunca le confesara su amor a aquella niña de las trenzas largas, no significó un fracaso propiamente dicho para Polito, pero sí fue una molestia, como una piedrecilla en el zapato, que lo acompañó por algún tiempo.

Antonio Polo Díaz, tenía unos ojos grandes y negros que parecían desorbitarse casa vez que se emocionaba, el rostro triangular y delicado -genética de los Díaz-, la boca pequeña, cuya apariencia más común era una cruda raya, la nariz ligeramente corva y el cabello negro e hirsuto. Lo de Polito no era más que el diminutivo de su primer apellido y resumía con exactitud matemática aquella apariencia enjuta y enfermiza que lo acompañó toda su vida.

Aquella historia de amor, plasmada en una hoja amarillenta con unas rayas azulinas que lo atravesaban de canto a canto y cuya particularidad era una estrella de seis puntas, estampada en bajo relieve en el extremo inferior derecho, significó para Polito el hallazgo de una forma de ser feliz y cumplir sus sueños. Descubrió que por medio de un conjunto de palabras escritas en forma ordenada podía expresarse de una manera muy diferente, no existían los enrevesamientos propios de su fonética, ni las frases incompletas que a menudo escapaban de su boca.

Con la escritura pudo demostrarse que podía comunicar y expresar lo que pensaba y sentía claramente, y que si al hablar las palabras se deshacían en su boca, éstas revivían con una cuota más de vida al escribir.

El corto relato que hizo, estuvo acompañado por una docena de poemas, escritas en unas hojas cuyos fondos habían sido matizados de un verde claro, el color preferido de Lucero, y que aparecieron en su bolso escolar, entre sus cuadernos, cada viernes durante doce semanas.

El primer poema estaba formado por el siguiente verso:

“Hoy vi tu cabello recogido en una cola,
tus ojos de paloma y tu sonrisa de delfín;
te imaginé vestida con una blanca estola,
persiguiendo a una mariposa entre las rosas del jardín,
luego cansada, sobre las piedras, reposar sola
y en tus mejillas encendidas, la evidencia del trajín”

Eran seis líneas que desprendían armonía y que repitió hasta el cansancio innumerables tardes recostado en el castaño del colegio. Años después cuando se jactaba de hacer poemas de más de tres hojas, aún recordaba, con nostalgia, aquel primer poema y una ráfaga de electricidad atravesaba su cuerpo desde los pies hasta la cabeza, y encendía su rostro, volviéndolo colorado, como una antorcha.

Para Polito, el no admitir a todos en el colegio y en especial a Lucero, ser el autor de aquellas líneas de amor, traducidas en pequeños versos que formaron aquel don que tanto tiempo reprimió y que gracias a ello pudo ser liberado, no lo hicieron infeliz, ni mucho menos generó en su interior resentimiento alguno, por el contrario -como alguna vez me lo diría, con su irremediable agitación al hablar- fue la grieta por donde pudo escapar esa esencia que poseen los elegidos y por la que tienen que trabajar mucho los que no lo son.

Polito Díaz, descubrió que era un creador y que podía edificar su propio universo, creando un mundo aparte y encaminándolo de una manera autónoma y antojadiza. Antonio desde aquel entonces se volcó en forma total a la escritura y se volvió un consumado lector de cuando escrito cayese en sus manos. Desmenuzaba aquellas historias en su totalidad e iba mucho más allá del final con su imaginación.

A pesar de ser compañero mío desde la primaria; siempre fuimos distantes, hasta el último año de secundaria, donde a raíz de una escaramuza que protagonizó con un compañero de clases, el cual se había burlado en forma desproporcional de su arte y donde yo había actuado como su defensor, es que nuestra amistad se afianzó. La mutua empatía que nos mostramos y que fue descubierta de una manera súbita y repentina, nos hizo imprescindibles el uno al otro. Yo también leía y escribía algunos versos, pero no tan rigurosamente como él. Nuestros gustos literarios nos hicieron frecuentarnos a diario durante todo ese año y enfrascarnos en conversaciones que no tenían término y en las cuales, por lo general, yo permanecía en silencio mientras escuchaba a Polito. Hablaba sobre los grandes clásicos y contemporáneos citando versos, con autores y fechas, a mí me parecía inconcebible que en su pequeña cabeza pudiera almacenar tanta información.

Aún recuerdo el coposo castaño del colegio con su tallo lleno de estigmas; marcas que habían sido hechas por un sinfín de muchachos: corazones en cuyo interior se habían labrado los nombres, en mayúsculas, de enamorados, frases incompletas hechos con pinchos agudos y alguna que otra obscenidad. Fue en ese lugar, a las espaldas de los pabellones, muy cerca al huerto escolar donde me confesó ser el autor de los poemas mandados a Lucero años atrás y que causaron un revuelo en aquel entonces, en la que medio salón participó. A pesar de ser esperado cada viernes y de la vigilancia que se hacía sobre el bolso de Lucero con una cantidad de ojos, incluidos los míos, que llegaban a un orden exponencial, nunca dimos con el autor, pero si para sorpresa y espasmo nuestro con los versos. Pregunté muy suelto de huesos cómo había podido colocar los poemas en el bolso sin ser descubierto, si éste era custodiado por muchas personas, él respondió: “Las palabras, para quienes escribimos, llegan a convertirse en nuestras mejores amigas y cuando esto sucede pueden hacer lo que querramos y cumplir, incluso, nuestros deseos”. Ello retumbó en mi cabeza y sólo pude entenderlo algún tiempo después, cuando escribía con la misma intensidad y entrega con que polito lo hacía.

El año llegaba a su fin y con ello nuestra etapa escolar, ya se evidenciaban las primeras nubes sombrías, en lo alto de ese cielo claro que tanto tiempo nos mimó y a las que polito bautizó con un singular nombre: “Las artistas fugaces del cielo”, por las breves y curiosas imágenes que formaban al moverse llevados por el viento, y, esas lluvias serranas que son una preocupación para los agricultores, cuando son vehementes. Nuestra separación era irremediable, yo tenía que dejar la ciudad para seguir con mis estudios, mientras que Polito había elegido la pedagogía, dictada en el instituto del pueblo, ésta fue en realidad una pantalla, por un lado era un escudo contra las críticas familiares y por otro le brindaban el tiempo suficiente para dedicarse a ese arte que cultivó a escondidas y que tenía como aliadas a las palabras y a la imaginación.

Nuestro alejamiento físico, fue disminuido por el adelanto informático. El internet nos permitió comunicarnos casi a diario. Por medio del messenger me resumía las novelas que había leído, los libros y autores a los que estudiaba y sobre todo me aconsejaba no claudicar ni desmayar en el propósito de ser escritor. Mi buzón de entradas, era bombardeado por sus cuentos y muchos versos de sus, ahora, extensos poemas. Su mejoría en las letras era palpable, sus versos no sólo eran rima, sino que tenían ese grado de significancia, que no era producto de la casualidad, y que sólo se alcanza con trabajo y esfuerzo continuo.

No había recibido noticias de Polito hacía algunos meses, así que aprovechando mis primeras vacaciones regresé a la ciudad de losas cuarteadas que tanto tiempo me cobijó para visitar a mis padres y ver a mi gran amigo. Llegue un sábado en la mañana, y ese mismo día en la tarde, a las tres para ser exacto me presenté en la casa de Polito. Al golpear el vetusto portón de eucalipto, que aún conservaba las argollas de hierro negro sujetas en cada hoja, abrió su mamá; sus ojos rojos e hinchados y su cara desencajada hicieron que un vacío atravesara mi cuerpo, moviéndose en toda dirección y lo cual hubiese hecho que explote, sino escapaba por mi boca cuando pregunte por Antonio. La señora me condujo hasta su sala y me hizo sentar en esos muebles color amarrillo oscuro que conocía hasta el cansancio, aún se podía ver en ellos el agujero que hicimos con Polito, cuando aprendíamos a fumar, el silencio que se apoderó del momento sólo pudo ser roto por su llanto agudo y silbal, la señora se deshizo frente a mí en desolación, me contó todo lo callado por mi amigo ese año, como su enfermedad incurable, sus tratamientos infructíferos, sus múltiples viajes en busca de un milagro; una ves que hubo terminado me levanté y comencé a caminar por aquella casa que en otro tiempo había sido como la mía, mi brújula sólo tenía una dirección: la habitación de mi entrañable amigo. Sobre el lecho descansaba el pequeño escritor, tenía el rostro pálido, como del pino recién pelado, el cuerpo más pequeño y delgado que el que recordaba, sólo pude reconocerlo por su irremediable agitación al hablar y sus labios que siempre fueron una raya. Después de un breve silencio me acerqué, inclinándome hasta la altura de su cama, él abrió los miembros y nos fundimos en un fuerte abrazo, un líquido, desconocido para mí, en forma de hilo salió de mis ojos, rodeó mis pómulos, descendió por mis mejillas y humedeció su polo crema. Aquella tarde conversamos mucho de literatura, de cuentos, de autores; jamás de su enfermedad.

La enfermedad que padeció polito fue un raro mal, o como me lo resumió algún tiempo después su abuela: tenía mal la sangre. Fue tratado por los mejores especialistas de la ciudad donde yo vivía, la que visitó varias veces y de las que nunca me dijo algo, como si quisiera que el único amigo que lo conocía en toda la extensión de la palabra, lo recordara por su gran talento y no por su enfermedad, el diagnóstico siempre fue desalentador. Los padres de Polito recorrieron muchos médicos, agotándolos a todos, buscaron la medicina alternativa, incluso la mística, pero nada dió resultados.

Polito murió una mañana de Febrero, en la que cayó sobre nuestro pequeño pueblo una intensa lluvia de golondrinas azules, que se hacían infinito cuando besaban el suelo. Sobre el concreto, aún fresco, de su lápida y bajo su nombre (con la ayuda de una delgada rama) pude escribir, al finalizar el ritual fúnebre y cuando todos se habían ido, una frase corta pero que significa una justicia para su vida; en mayúsculas y encerrada entre comillas: “ AQUÍ DESCANZA EL ESCRITOR”

EL LEEDOR

Lo recuerdo leyendo en el día, sentado tras una mesa o parado con su libro, tras el mostrador marrón de lunas rectangulares de su pequeña tienda; y en la noche, recostado sobre el espaldar tallado de su vetusta cama, perdiendo la vista en ese libro de pasta verde o en el otro de pasta gris. Absorbido por completo en esas lecturas extensas, ensimismado por ese conjunto infinito de palabras. Veía sus claros ojos ir de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, su satisfacción por la página devorada y ahí mismo de una manera súbita su apresuramiento desmedido por iniciar la siguiente. Muchas veces lo contemplé a la luz de una vela -lo que hacía no como un ritual literario, sino por necesidad- que asentaba sobre una delgada capa de cera en uno de los soportes del lecho.

Por aquellos años el terrorismo experimentaba su declive, pero aún había amaneceres con banderas rojas ondeando en los cerros cercanos y las torres de alta tensión derribadas evidenciaban que había que esperar algún tiempo, para alcanzar la onírica paz; ello originó que muchas noches de mi niñez estuvieron iluminadas por largas velas o lámparas de querosene.

Aquellas noches oscuras y silenciosas se llenaban de misticismo y energía propia. En la cena, rodeábamos la mesa del pequeño comedor, y nuestras sombras agigantadas y zigzagueantes producidas por la luz de la vela colocada en el centro, se proyectaban en las paredes oscurecidas por los restos de carbón del fogón de la abuela. Yo esperaba con ansías las sobremesas del leedor, atribuí por mucho tiempo lo mágico de aquellos cuentos al exquisito aroma de la panisara, y es que por capricho de la vida, aquellos cuentos que me envolvían en la fantasía y el ensueño eran narrados mientras sorbíamos, de a pocos, ese líquido amarillento.

Con esa voz diáfana y potente, el leedor nos hechizaba contando aquellas historias que leía en esos enigmáticos libros, que dejaba siempre sobre la silla tejida con paja cerca a su cama. Veía a mi hermano y mis abuelos, y, todos expresábamos la misma seducción en nuestros rostros, bermejos por el calor de la luz. Las historias estaban ambientadas en lugares increíbles, exóticos y nuevos para mí; donde las luchas entre piratas tenían como personaje central a un ser fantástico e inteligente que podía dominar a los fieros tigres de Malasia, donde la personalidad de una persona estaba supeditada a los brebajes místicos que un hombre preparaba, llegando a ser dos personas distinta en un solo cuerpo. El leedor contaba estas historias con gran empeño, cuidando todos los detalles; sus ojos brillaban y sus gestos expresaban emoción y un desborde de entusiasmo, agudizaba la voz cuando la trama se lo pedía para luego convertirse en un volcán en emulsión; cavilaba, por momentos, colocando la mirada en la llama incesante, mientras buscaba las palabras más elocuentes que nos hacían fantasear a no más. Mi abuela permanecía en silencio y a lo lejos, con un cuidado marcial, apiñaba: platos, ollas y cubiertos recién enjuagados, secándolos con un trapo blanco en cuyos bordes había unos rombos color granate que ella misma había ornamentado, tratando de tragarse el sonido producido por el choque de vidrios o aluminios, porque al igual que nosotros quería evitar por todos los medios distraer al leedor. Aunque nunca se sentaba a la mesa y por el contrario prefería ese rincón cálido y apartado cerca al fogón, estoy seguro que sopesaba las ideas del leedor con la misma intensidad que nosotros. Terminada la cena y aseados para el descanso nocturno, nuevamente recostado sobre mi cama con los ojos entreabiertos, veía al leedor repetir su ritual, prendía una vela, se aseguraba de fijarla muy bien para evitar que callera y abría esos libros que lo envolvían en ficciones.

Una mañana como de costumbre, después del desayuno, el leedor fue a su tienda, eran los primeros días de febrero y el invierno traía consigo unas sombrías nubes que impedían el paso del sol. Subí con premura a la espaciosa habitación y me encontré, nuevamente, parado frente a la silla, sobre la cual descansaban los imponentes libros apilados en desbarajuste. Sentí temor de aperturar uno de ellos, pero a la vez me invadía la curiosidad y la emoción por leer los magníficos relatos con que ese hombre puro de sangre se robaba mis sueños. Giré la cabeza bruscamente, fijando mí mirada en la entrada, no había señal de persona alguna; tomé el libro entre mis húmedas manos y lo abrí, un olor a tiempo e incienso se dejó escapar.

La primera página del viejo libro gris tenía una dedicatoria pequeña y simple, como se muestran las cosas más bellas en este mundo, que se acuñó, con la misma intensidad con que el cincel labra el mármol, en mi mente: Para todo soñador, y en seguida mostraba este escueto verso:

“Soñador; es aquel iluso desmedido,
entregado al vicio de la fantasía,
creador de mundos paralelos, cuyo cometido,
es el de brindar libertad a la imaginación, día a día”

Las páginas siguientes estaban escritas de una manera poco común -cuya primera impresión era la de un absurdo-: sólo hasta la mitad; por ello en todo el libro cada página tenía la mitad sin escribir -esto me intrigó aún más e hizo que mi mente desbordara con preguntas, nunca había visto libro alguno con tan extraña composición-. Las hojas eran gruesas y ásperas, y estaban escritas a mano; las palabras se mostraban formadas por letras perfectamente redondas, mientras que cada parte en blanco se dejaba ver enmarcada entre gruesas líneas negras, la numeración estaba colocada en la parte central, entre dos rayas cortas, y se contaba hasta doscientos cincuenta y seis.

Aún leía la tercera línea de la primera página, cuando una voz grave pero al mismo tiempo cálida me perturbó.

― ¿Es cómo lo imaginaste? -preguntó-

Tragué un poco de saliva y traté de no respirar, voltee rápidamente y pude ver al personaje; era el leedor, su silueta casi alcanzaba la altura de la entrada, su cabello crespo parecía una jungla en su cabeza y sus patillas blancas se extendían por debajo del pabellón inferior de sus orejas.

― ¿Por qué no respondes? -volvió a preguntar-

Yo permanecía callado, estaba absorto e inmóvil, balbuceé algunas palabras que sonaron a silencio, luego dije:

― No entiendo, ¿a qué se refiere?
― Las imágenes son cómo las imaginaste

Pero, qué imágenes -me decía para mí mismo, si ese libro aunque parezca contradictoria la descripción; estaba lleno de letras y espacios en blanco.

― ¿Cuánto has leído del libro?, -preguntó-
― Sólo un poco,
― ¿Cuánto?
― Iba en la primera página, hasta que usted llegó
― Ah, eso lo explica todo -me dijo-, pero supongo que leíste la dedicatoria
― Sí, -contesté-. El leedor se tomó un tiempo, caminó hasta donde yo estaba, se paró frente a mí y me mostró sus ojos marrones miel, luego preguntó:
― ¿Eres un soñador?
― No lo sé, talvez -respondí- pensaba que se refería a aquellos sueños, que de vez en cuando uno tiene cuando duerme, pero como si leyera mi mente, dijo:
― ¿Puedes soñar despierto?

Era un poco menos que disparatado, yo nunca había soñado despierto -eso creía- y si soñaba, lo hacía dormido y contadas veces. Las personas, interrumpió mi concentración el leedor, tenemos la capacidad de soñar dormidos; pero también podemos hacer ello despiertos, lo que pasa es que muchas veces apagamos nuestros fuegos internos con el agua de lo cotidiano y convencional. Hasta ese momento entendía muy poco de lo que trataba de decirme el leedor. Había subido hasta su cuarto lleno de intriga, desafiando lo correcto, mas ahora todo me parecía confuso entre esas cuatro paredes color melón, cuyos bordes limitantes con el cielo raso se hallaban pintados graciosamente de un color lila claro.

― No te preocupes –continuó el leedor-, no estoy enfadado por encontrarte en mi habitación curioseando los libros, porque si para alguien son éstos, son para quien aún no sabe soñar despierto, tómalos cuando desees -me dijo- y después de cada lectura encontrarás la respuesta del porque hay partes en blanco. Se dio media vuelta y se fue, la suela de sus botines negros hacía retumbar el piso de ladrillo, cruzó la pequeña estancia que separaba a la habitación de la escalera, y poco a poco se fue perdiendo el sonido de sus pasos.

Cogí el libro de inmediato esta vez fue diferente, estaba calmado y seguro que no transgredía norma alguna, volví a leer el pequeño verso tratando de entender aquellas palabra, pocas pero de sonido melodioso cuando eran dejadas en libertad; sin quererlo ni mucho menos proponérmelo había decidido ser un soñador completo.

La peculiaridad que tenían aquellos libros lo comprendí al leer la primera página, frente a mí y como por arte de magia, esas partes en blanco se llenaban de las más fantásticas imágenes y lo más increíble de todo era que aquéllas yo las había concebido, en las innumerables noche sentado al borde de la mesa -bien cabría decir en un estado de autismo para con el leedor- escuchando a aquel hombre, a quien consideraba un ser de inteligencia extrema. En las siguientes semanas, devoré aquellas páginas en su totalidad y experimenté sensaciones y sentimientos hasta entonces desconocidos. En todas aquellas partes en blanco se figuraban los episodios de las historias que leía asiduamente y con entrega. Recién podía comprender el significado de las incoherentes -eso creí- preguntas que el leedor me hizo en un inicio, realmente aquel libro estaba lleno de letras e imágenes. Pregunté al leedor si podía hacer participar a mi hermano de estas lecturas, él accedió sin peros ni miramientos, sólo pidió que nos reuniéramos los tres antes de entregarle el grueso libro de pasta verde.

Aquella tarde de marzo, la cual recuerdo con absoluto detalle, es uno de los pocos días en que he sido feliz: el sol se mostraba alegre y radiante en contraste con el día anterior el cual fue y vaticinó un día lúgubre de intensa llovizna y grisáceas nubes, las faldas de los cerros se veían verdes y apretadas de pastizales, las ventanas de la habitación del leedor, habían sido abiertas por completo y ésta era bañada por la radiante luz del astro y el aroma a lavanda expedido por los geranios y gardenias del jardín de mi abuela. El ambiente era una rara amalgama de realidad y fantasía. El leedor volvió a preguntarme, esta vez frente a mi hermano si era un soñador, yo respondí de inmediato y con sobresalto que sí, aderezando mi frase con unas palabras que esbozaron una trémula sonrisa en su rostro, dije muy suelto de huesos que podía soñar dormido, pero también despierto; estoy seguro que mi hermano, quien estaba muy cerca, experimentaba la misma desazón que yo viví en un principio, pero los siguientes días sentado en su pequeño banco de junco, con su mirada deshaciendo los renglones del libro verde; apartado, por un momento, de este mundo humano, habría de disipar sus dudas y aclarar sus confusiones, pero sobre todo a entender algo que causó un traqueteo en su cabeza aquella tarde -algún tiempo después me lo confesaría-: a soñar despierto. El leedor nos regaló aquellos libros, los cuales habían sido sus compañeros por mucho tiempo, uno a cada uno y nos pidió -a manera de ruego- que los cuidáramos, y, compartiéramos sus lecturas con quién deseara libremente convertirse en un soñador.

Algún tiempo después el leedor partió.
Siempre lo visito, prefiero los sábados en la tarde por la escaza gente, algunas veces le llevo flores, pero siempre historias, muchas son mías, las que leo lento y claro como él lo hacía aquellas noches de cirios blancos.

Así pasé aquellos tres meses de vacaciones en la casa de los abuelos, que significaron el fin de una etapa y el inicio de otra, en la que soñar despierto y dibujar con palabras se convirtió en parte de mi vida.




jueves, 23 de octubre de 2008

“EL CURITA”


Alto, pelo negro, tez blanca, ojos marrones y unos pómulos sobresalientes, era la descripción mas cercana que se podía hacer de don Romualdo, nunca le había gustado su merced, mucha veces me lo había confesado y lamentaba enormemente la mala idea que tuvo su madre de ponerle el nombre de su abuelo, no era tartamudo pero las palabras bailaban en su boca confundiéndose entre ellas y confundiendo a nosotros, decía que cuanto mas comía mas hambre tenía, pero era lánguido y de aspecto pusilánime, alguna vez estuvo casado de cuya comunión tuvo dos hijas, todas iguales a él. Fue el último de sus hermanos, el “chulca” como lo llaman en la sierra, consentido a no más, engreído y muy envidioso. En sus años de juventud tocaba muy bien la guitarra, cuando daba armonía al sonido de esas cuerdas, estoy seguro que era el único momento en que se sentía feliz, por aquel entonces galanteaba a una mujer muy hermosa de nombre Rosa, quien había correspondido a su terquedad, pero las costumbres de antaño señalaban que antes de convencer a la muchacha se tenía que convencer al padre y uno mucho mayor que él se le había adelantado, es así que la mano de la moza ya estaba concedida, a un tipo que era conocido por de su gran vozarrón, a don Edmundo, única autoridad del pueblo por los años sesenta, no hizo falta que me contara como se sintió, todos sus sentimientos se reflejaban en lo nublado de sus ojos, desde ahí pocas veces volvió a coger una guitarra en su reemplazo había tomado una actitud de terrateniente desubicado sin corazón y sentimientos. Consiguió amasar una pequeña fortuna debido a los empréstitos que concedía a sus vecinos, en un momento todo el pueblo llego a deberle algo, incluso don Edmundo. “E aquí la venganza representa mi justicia” – pensó-, subió el interés de sus préstamos malévolamente, ocasionando con ello la perturbación de sus prestatarios, en especial de don Edmundo, quien le debía mucho dinero, la deuda se hizo impagable apoderándose de algunas de sus propiedades. La preocupación había envejecido tanto a don Edmundo ocasionándole una descompensación física que terminó en un ataque cardiaco, la mujer que alguna vez lo había amado terminó por odiarlo acusándolo “de haber quitado el pan de la boca a sus hijos”. Don Romualdo sucumbió en una profunda depresión, se sentía culpable de la muerte de Don Edmundo y ahora del odio de su amada Rosa, sus pesadillas y sus demonios no lo dejaban tranquilo, del otrora gran prestamista no quedaba nada mas, que un cuerpo escuálido y desgastado por las noches eternas, el cambio de moneda –jamás confió en los bancos- había arrasado con su pequeña fortuna, decían que se había quedado con varios sacos repletos de billetes, los muchos que le debían se hicieron los desentendidos, él sin fuerza y lleno culpas terminó por olvidar las deudas, solo pudo alcanzar la paz en la oración. Con el tiempo se hizo “rezandero”, y de los buenos como decía mi abuela, siempre atento a la radio, en especial al programa del medio día donde daban los avisos de defunción, otras veces era buscado por los afligidos familiares para que rece por su difunto, es así que su fama se hizo tan grande que lo llamaban “el curita”, pero yo estoy seguro que él iba de velorio en velorio buscando su Paz. Es por ello que desde hace algún tiempo en la sierra se acostumbra que antes del entierro rece “el curita” buscando la paz del difunto.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Profugos...


Lima, Siete menos quince minutos de la mañana, el bus llegaba a su paradero cerca al estadio nacional, por fin estábamos “en la ciudad de la furia”, somnolientos con el cuerpo cansino, pero eso no importaba, hoy era el día “de música ligera”, los minutos empezaron a contar desde aquel instante, todos teníamos historias diferentes de cómo habíamos conseguido la manera y en un caso especial el permiso para poder viajar, pero juntos íbamos a crear una sola historia, a cumplir un sueño, y para alguien en especial darse un buen regalo de cumpleaños…, creo que ninguno de los que estábamos ahí sabíamos lo que se sentiría cuando todo esto terminara, cada uno de nosotros tenía cosas que hacer por la mañana, pero habríamos de acordar una hora exacta para encontrarnos y formar la cola de ingreso que según especulaciones nuestras y por lo acontecimientos del día anterior habrían de ser muy largas, por lo que debíamos estar ahí temprano; once es una buena hora dije y sin mas debate convenimos en ella, en ese momento antes del despido momentáneo hicimos un recorrido hasta la puerta por donde entraríamos, vaya el estadio nacional no era lo que esperaba cuando en muchas “sobredosis de TV” lo había visto como un palacio, como un orgullo nacional, ni siquiera tenía las torres de iluminación y en su lugar había unos reflectores colocados en los techos de la parte oriente y occidente respectivamente , me hacia recordar al antiguo mansiche trujillano, pequeño y simple con sus canchitas de mini fútbol repletas de atletas aficionados que intentan bajar esos kilitos demás, el lado oriente y la puerta dieciocho específicamente fue rápido de ubicar , esa era la entrada a la zona “signos”, luego de eso nos despedimos.
El primero en llegar a la hora pactada fue Elder no me sorprendió, siempre a sido un tipo serio y responsable, se suponía que yo también tendría que estar ahí puntual pero uno de mis defectos y no hago alarde de ello es la impuntualidad, bueno llegue una hora después de la pactada en compañía de Alfredo; encontré a Elder formando la cola junto a su tía, una señora de facciones simpáticas, pelo negro y hablar desenfadado y a su hermana menor seria y de mirada directa como él, habían estado en la cola esperándonos y acompañando a “Jave”, después de una rápida presentación y una menuda conversación se despidieron, ahora estábamos los tres varones en espera de las señoritas que muy simpáticas habían ido de compras, por fin tres de la tarde estábamos todos juntos, la espera se hacia eterna y el sol abrazaba nuestros cuerpos con mayor intensidad a medida que el tiempo hacia su inexorable paso dejando nuestros rostros bermejos, matizábamos la espera , conversando, riendo y tratando de vender la entrada del amigo de Indira que no había podido viajar, ella quería obtener una buena ganancia de la reventa pero la oferta era grande asi que la demanda fue pobre.
Cuatro de la tarde al fin las puertas del estadio se habrían y comenzábamos a avanzar de la misma manera en que el agua corre en el riachuelo que va al mar sin detenerse ante obstáculo alguno, diez metros antes del ingreso nos dividieron en dos colas una de hombre y otra de mujeres y comenzaron una inspección individual de lo que traíamos encima, un bisoño personaje apareció en la puerta , vaya que realizaba una prolija labor, cuando tocó mi turno me dijo levanta las manos muchacho no es “nada personal” ante tremenda acometida no me quedo mas que decirle no te preocupes solo “trátame suavemente”, ya dentro del estadio las ansias eran mayores y el paso de la hora era lento, la difícil espera era amenizada con el paso furtivo de los “heladeros” a los cuales le jugaban malas pasadas, con las “olas humanas” que la gente hacía, además del pequeño show de Lucía de la Cruz que hizo “de música ligera” una “canción animal”
No voy a negar que para las siete de la noche ya estaba cansado y me preguntaba si esto valía la pena, haber viajado mas de siete horas , estar parado otras ocho, a lo que Alfredo me dijo lo que pasa es que “te hace falta vitaminas” lo que provocó que nos riéramos a no mas
Ocho y treinta de la noche, el momento con el que habíamos soñado muchos de los que estábamos ahí meses atrás estaba cerca, para relajar la agobiante espera estaba “Beto Quantró” con su canción “algo va a pasar” y vaya que al él le pasaban mucha cosas
Por fin luego de diez hora de sufrida espera y de haber recorrido mas de quinientos kilómetros, mis tímpanos se remecían con el punteo de “en la ciudad de la furia”, luego llegaría un tributo a Queen, la meta onírica se estaba haciendo realidad, toda la muchedumbre saltaba, gritaba y coreaba cada de una de las canciones, luego habrían de venir “telekenesis”, “pin nic en el 4to B”, no faltó “persiana americana”, “cuando pase el temblor” y muchas mas, yo al igual que mis compañeros cantaba como loco… , el juego de luces era espectacular y del escenario ni que decir , las pantallas gigantes nos daban imágenes privilegiadas en un increíble “zoom”
El cansancio había quedado atrás, la espera era recordada como una dulce sacrificio, tan dulce como el más añejo tinto, nadie paraba de saltar, como cantábamos aquellas canciones, mientras que Indira que estaba delante mio no paraba de saltar y bailar, me sorprendió en sobremanera el ímpetu con el que disfrutaba el concierto vaya que “uso mi cabeza como un revolver”, SI… soda, estuvo espectacular, indescriptible, extraordinario y mas…, cualquier superlativo queda pequeño para describir lo que se sentía esa noche, soda stereo quiere al Perú se entregaron en alma, Cerati rompió la cuerda de su guitarra en un punteo maldito, retornaron al escenario dos veces , la gente no se quería ir y creo que ellos tampoco, no podían faltar “Nada personal”, ni mucho menos “Prófugos”, después de tres hermosas horas de buena musica, emoción y sudor tocaron, “te hace falta vitaminas”, con el cual terminaron el concierto, mientras que mi mente se negaba a que esto se diera , la nostalgia se apodero de mí y no puedo negar que me contuve las ganas de llorar, me pregunto si los volveré a ver , tal vez dentro de diez años, no borraré aquel momento en que cerati dijo “Lima...., gracias totales”, la gente enmudeció y entendió que era el fin que todo había terminado , así que comenzaron a salir, yo me quede parado recostado en la reja divisora. Mientras que Indira y ghandi estaban sentadas, mi cabeza de volvía hacia atrás, nunca olvidaré la imagen de aquel escenario, solo puedo decir, Indira, Ghandi, Yessica, Elder, Alfredo, que fantástico fue hacer esta historia juntos, no soy cerati pero ……Gracias Totales.

martes, 28 de agosto de 2007

"Pequeña"

Pequeña ...................................
Cuando te tengo entre mis brazos
y siento tu aroma a mujer
me siento mas hombre
tan hombre que los impulsos
solo pueden ser aplacados por la razón
tus labios son un exdquisito manjar
secreto mejor guardado de los dioses antiguos
tus caricias se parecen a suave brisa
de una tarde de verano
tu voz los delicados cantos de los ángeles mas puros
que anuncian la llegada de un nuevo día
tu cuerpo santuario de misterio y pasión
la ternura de tu sonrisa solo se compara
con la paz interior que recibo de una oración
tus cabellos negros como el ébano
son las persianas que pierden mi visión
cuando trato de buscarte en la oscuridad
tus ojos son pequeños pero tu mirada fuerte
están llenas de hechizo
tus piernas son los intrumentos de la magia
aquella magia que haces cuando caminas
esa que convierte mis sueños inverosímiles
en realidades palpables.

miércoles, 18 de julio de 2007

"Llamame sin Nombre"

Como olvidar esta maravillosa parte de mi vida, mi niñez en mi Otuzco de antaño, aquel otuzco donde no existia el internet, ni el DVD, ni los mototaxis, ni los locutorios, aquel Otuzco de los anticuchos de la señora de Acevedo en la esquina de la plaza de armas, aquel Otuzco de la mazamorrera de la calle Tacna, aquel Otuzco de los incas sentados en el centro de la plaza de armas que fueron mudos testigos de las fastuosas fiestas de diciembre en honor a la virgen de la puerta, ademas de ser unas bellas esculturas que realzaban nuestra identidad y nos recordaba nuestros orígenes y que terminaron en el olvido en el almacen municipal, Otuzco era tan tranquilo por aquel entonces que el tránsito de los carros era poco usual, lo que se prestaba para aquellas inolvidables tardes de "pichanguita" en mi calle de San Martín- punto de encuentro de la gentita- a la que convertiamos en cancha deportiva, nuestros arcos eran los postes que soportaban los cables de la energía electrica y que estaban en cada extremo de la calle, como olvidar los gritos, las correteadas, las llamadas de atencion a mi padre por parte del doctor Guzmán -su apariencia siempre me dio miedo- era un tipo grande de hablar bueno y enérgico, era el esposo de la amorosa profesora Doris - mi profesora de jardín y creo que de medio Otuzco tambien- además fue el profesor de mi padre en el colegio, aunque siempre le presentaba quejas mias por lo pelotazos en su puerta y sus lunas rotas mi padre nunca me dijo nada, como si quisiera que yo cobrase una cuenta....aunque no puedo negar que varias veces me "callo" por haber roto las lunas de la tienda familiar en estas "pichanguitas".
Como olvidar cuando nos dabamos de aventureros con otros amigos y nos lanzabamos a escalar el "Cholocday" -guardián de Otuzco- con roster, linder, mi hermano y yo, nos gustaba llegar hasta la cima de la montaña y comtemplar al naciente Otuzco, tambien explorabamos las cuevas -algunos las llaman minas- que están por la parte media de la montaña, varias veces salimos despavoridos de ellas por el susto de los murciélagos, de estas subidas al Cholocday recuerdo una en especial, aquella tarde de octubre después de la pichanguita de costumbre y el ocio de no tener nada que hacer, nuevamente nos fuimos al cerro -como lo deciamos- eran aproximadamente las cinco de la tarde y aún hacia "solsito", lo cual nos hizo confiar en la tarde, en las subidas al Cholocday jugabamos por la rivera del río, corriamos por los campos a veces sembrados, hubo ocasiones en que nos persiguieron a "huaracasos"- si alguno conoce lo que es una "huaraca" sabrá a lo que me refiero- por malograr los surcos y jugar sobre la siembras tirando de las espigas de trigo, y esa tarde no fue la excepción, pero cuando llegabamos a la cima nos dimos cuenta que ya era tarde, la neblina comenzaba a descender sobre la creciente ciudad, y todo comenzaba a oscurecer, estabamos solos y parados sobre una montaña que se erige a mas tres mil metros sobre el nivel del mar, no puedo describir el miedo que sentimos en ese momento, mas aun por el hecho que en el camino había una casita pequeña y maltrecha, donde vivía una anciana de unos "ochentaitantos" años que unos amigos nos habían hecho creer que era una "bruja" -nombre con que se conoce a los dominadores de la magia negra en la sierra- y que nosotros creimos , bueno ahora apelo a la justificacion de lo ingenuo de nuestras edades pues el mayor de toda la "pandilla" era yo, y no pasaba en aquel entonces los siete años, siempre habiamos pasado por esa casita, el miedo era que esta ves teniamos que hacerlo en la noche, era un paraje obligado si queriamos regresar a la ciudad, en ese momento la responsabiliodad recaía sobre mi ya que era el mayor del grupo, asi que que no nos quedo otra que armarnos de valor -creo que ahi empece a dejar de ser niño- y comenzar a descender la montaña, no conté cuantas veces nos caímos solo se que fue una y otra ves con tal de no dejar que la noche nos cubriera con su manto, aun recuerdo que estando cerca a la casa nos detuvimos un instante, y después de un suspiro intenso y lento comenzamos a correr, con el fin de pasar la casita con mayor rapidéz, en esa carrera que para mi fue eterna, yo era el mas lento de todos así que me quede al último, cuando pasaba por la casa noté que la puerta estaba abierta y había una vela sobre una mesa pequeña y vieja que iluminaba la reducida habitacion, el aspecto era lúgubre, la anciana estaba tendida en el suelo, eso me detuvo, aún me pregunto porque hice eso, yo era por aquel entonces un miedoso de primera, pero frente a todo pronóstico estaba ahí parado, en la puerta de aquella oscura casa, mis compañeros al notar mi ausencia regresaron a ver que me habia pasado y me encontraron conversando con la señora ahora ya restablecida, la anciana habia tropesado con la silla, lo cual origino que se precipitara sobre el suelo y perdiera el conocimiento por unos instantes, justos en los que yo pasaba, esta longeba tenía aspecto agradable y maneras delicadas, nos contó que vivía sola hace mucho y que tenia un hijo en "el valle", el cual se habia olvidado de ella por errores del pasado que prefirio no recordar, nos invitó unas "torta de trigo" hecha con esas manos llenas de años y una café de cebada el cual lo tomamos con premura porque ya era muy tarde y teniamos que regresar, que distante estaba la imagen inicua que nos habian hecho creer de aquella mujer que incluso nos acompaño parte del camino que nos traía de regreso a la ciudad, cuando nos depesdiamos le pregunté por su nombre ella me sonrió y me dijo solo llamame "sin nombre", depués de aquella vez nunca mas la volví a ver, otras tantas veces subí nuevamente al Cholocday pero nunca hubo rastro de ella por ningún lado como dirían los viejos de mi tierra "como si se la hubiera tragado el cerro", esta aventura nos costo a mi hermano y a mi una paliza de la que hasta hoy tengo recuerdo y de igual manera a mi amigos,... depués de algunos años conversando con mi papa le hice referencia a todo lo escrito lineas arriba y me dijo muy tajante que en esa casa no había vivido nadie en al menos cincuenta años, yo casi me caigo de la silla.... ahora después de trece años me pregunto ¿quién pudo haber sido aquella anciana?.. quién creen que fue?...

jueves, 14 de junio de 2007

"TINTERILLO"

Estas líneas están dedicadas a un pequeñín de risa burlona y hablar pausado......
No te contentaste con "fregar" a la promoción anterior, sinó que también quieres "fregar" a esta, no estás sólo también está el mequetrefe que cuando habla escupe y que quiso enseñar en una academia -digo no?.. por que si llegó hacerlo no creo que se le haya entendido algo- pero estas líneas no están dedicadas a él, sinó a tí, ya habrá oportunidad de dedicarle unos párrafos al bufón ese en otro momento, hoy no,........, dime acaso ellos tienen la culpa "tinterillo de que no puedas pagar el cursillo de siete "mesecillos", acaso ellos no pueden hacer con su plata lo que les venga en gana?.. o tienen que pedirte pemiso a tí "tinterillo" , siempre te quedas al último para franelear a los docentes, como te gusta ir al cubículo de lo "ingenieritos" y tener entrevistas personales, te causa éxtasis hablar mal de los compañeros verdad?.., cuidado pequeñín que algún día te "pisarán", "tinterillo" socarrón de lengua larga, mas larga que tu tamaño, como te gusta salir a la pizarra siempre quieres impresionar y te sientes un "don Juan" cuando una "amiguita" te pide una "ayudadita", cuidado "querendón", de pequeño "pulóver" y camisita gris, que así como vas nunca llegarás a salir.